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#LACOCINACDN

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CUADERNO DE BITÁCORA DE SERGIO PERIS-MENCHETA

“La cocina de LA COCINA”

#01 Todo va a ir bien

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PRIMERA SEMANA

Todo va a ir bien.

Ricardo Gómez, Berta Ojea, Javier Tolosa, Ignacio Rengel, Oscar Martínez, Javivi Gil, Mario Tardón, Fátima Baeza, Xenia Reguant, Carmen Del Valle, Almudena Cid, Marta Solaz, Natalia Mateo, Diana Palazón, Pepe Lorente, Silvia Abascal, Patxi Freytez, Romans Suárez-Pazos, Nacho Rubio, Víctor Duplá, Alejo Sauras, Xabier Murúa, Roberto Álvarez, Luis Zahera y José Gimeno.

Esta semana me encontré cara a cara con los 26 actores. Y sus 26 maneras de entender el teatro y la vida. Y sus 26 presentes, y sus sueños, sus anhelos y sus deseos. Esta semana iniciamos el viaje de La Cocina guiados por Néstor Muzo, el doctor Muzo, como me gusta llamarle (de su mano también empezamos en su día Tempestad y Continuidad de los parques). Y en cinco días de entrega absoluta al clown, tenemos una familia de 26 actores con sus 26 maneras de entender el teatro y la vida; viviendo el mismo presente. Todas y todos a una. Atravesando con el corazón el mismo punto en el mismo momento. Dejando aparcados un rato los prejuicios, la lógica, el control, los esquemas, la eficacia… Saltando al vacío desde el mismo vacío. Con él “SÍ” como mantra. Y de pronto, empezaron a asomar detrás de esa nariz:

Mangolis, Bertha, Max, Winter, Jack, Paul, Ramone, Hettie, Violet, Anne, Molly, Daphne, Cynthia, Gwen, Hans, Monique, Frank, Bertrand, Gastón, Nicholas, Kevin, Peter, Chef, Marango, Mikaël.

¡Sí! ¡Todo va a ir bien!

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#02 El fumet está listo

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SEGUNDA SEMANA

El fumet está listo, podemos empezar:

Esta semana hemos comprobado junto a Chevi Muraday y Pablo Martin Jones, que una cocina puede ser también una fábrica. Y una orquesta. Y un barco. Y el mundo.

Esta semana los 26 manejaron e incluyeron en la maleta: el compás, la dinámica, la densidad de movimiento, el timbre, el eje, el apoyo, el contact, el equilibrio, el peso, Baudelaire, los 2 tiempos, los 3 tiempos, los 4 tiempos,… el pulso.

Esta semana nos visitaron en la Sala de Almendrales Jorge Dávila Maitre del restaurante Joselito. Pablo González Repostero Del Hotel Urban y Elena Hoyas, Chef del restaurante Yakitoro. Y asesoraron, aclararon dudas, despejaron incógnitas, desfacieron entuertos…

Esta semana los 26 empezaron la cirugía de la obra, tratando de entender qué cuenta Wesker, lanzándonos con libertad a sintonizar con eso que queremos contar cada uno. Abriendo puertas que abren puertas. Que ventilan la casa de clichés, de ideas preconcebidas, de prejuicios, de literalidad.

Además esta semana llegó la escenografía, y casi toda la utilería, y la sala de la calle Almendrales se convirtió en una cocina en el Londres de los 50. Y los 26 empezaron a tocar, oler, probar y escuchar la masa de hierro que nos acompañará durante 4 meses.

Y un avance de la próxima semana: cuando escuchéis esto, el día 26 habrá quedado atrás. Ese día empezamos los ensayos con el corazón abierto, el cuerpo blandito, y el grupo humano más “elenco” que han visto mis ojos. Y con la escenografía. Qué lujo empezar así.

El 26 no habrá lectura de la obra, de esas que le tensan a uno, con vasos de plástico y una mesa alargada donde no nos vemos las caras, donde no nos miramos las caras, donde nos sentimos a prueba y rezamos por no trabucarnos en una frase, donde ponemos “voz de leer la obra”, donde pretendemos que se vea ya el personaje, y se escuche ya la función.

Sí. Detesto las lecturas el primer día. Eso de “escuchar” la función me aburre. Jamás “escuché” la función ese día.
En fin, todo esto para decir que el fumet está listo.
El 26 despegamos.
El 26 los “26” serán más “1” que nunca.

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#03 A montar, a montar, a montar

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TERCERA SEMANA

Han acabado los talleres y tenemos por delante siete semanas y media de ensayos, descansando los domingos. Esto son 45 días en total. O más bien 45 tardes en total. Seis horas y cuarto al día. Que contando con el descanso, el calentamiento, los retomes, y el ratito que se tarda en arrancar, son, pongamos, unas 5 horas reales. Lo que suman 225 horas. 225 horas para montar LA COCINA de Wesker. Ni más, ni menos.

Para encajar a 26 actrices y actores: entre ellos, con la escenografía, con la utilería, con el vestuario…
Para montar coreografías, canciones, acrobacias…
Para trabajar los idiomas y los acentos.
Para elaborar las más de 30 recetas que componen el menú de Marango’s (restaurante en cuya cocina tiene lugar la trama).
Sincronizar la elaboración de dichas recetas con la acción dramática.
Complementar el texto con acciones físicas.
Decir ese texto mientras elaboro esas recetas, y alguien me reprocha algo, o me mete prisa. Cantar comandas mientras me llevo platos o dejo platos, que queman o no, y alguien me insulta, o me declara su amor.
Mantener ordenado, cuerdo y frío al ACTOR, mientras hierve, se vuelve loco y se descuajeringa el PERSONAJE.
Y es que esto, y mucho más que no pienso contar, es LA COCINA.

Y sólo hay 225 horas para gestarla. Arianne Mnouchkine en el 67, con el TEATRO DEL SOL, estuvo encerrada con sus 35 actores unos cuantos meses.
Pues eso. Hacer teatro en este bendito país, lleva consigo perpetrar imposibles.
Por lo tanto: ¡a montar! No hay un segundo que perder.

El día que haya más TIEMPO, quizá no sepamos qué hacer con él. El día que el teatro, y las artes en general no sean un lujo y formen parte del tejido social, de la idiosincrasia de lo que llamamos “calle”, y a los gobernantes se la sude, o no les importe tanto, que la cultura no cotice en bolsa,… y yo conozca más detalles sobre la vida de Mozart que sobre la de Messi,… ese día,… ese día nos llamaremos Francia.

De momento, y hasta entonces: A montar! A montar! A montar!!!

Soy firme defensor de que la mayor virtud del director de teatro no es la puesta en escena, ni la elección de la obra (o del elenco, o del escenógrafo…), ni el punto de vista, ni conjugar de manera original significante y significado. Ni tan siquiera la dirección de actores…
Para mí, la mayor virtud del director de teatro, y lo más complicado además, es que a los actores les apetezca venir a ensayar al día siguiente. Por desgracia, no creo que eso, esta vez, lo esté consiguiendo. Hay que montar, hay que montar, ¡maldita sea!
Y ellas y ellos lo están dando todo con una concentración y un amor que te quedas MUY loco.
Ellas y ellos, sí están consiguiendo que yo muera de ganas por ir a cocinar cada día.

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#04 Las alas prestadas

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CUARTA SEMANA

A pesar de las prisas por montar, hemos conseguido terminar nuestra segunda semana de ensayos entorno a la hoguera del juego. Nos estamos inventando un mundo, señores.
Un mundo lleno de un montón de vidas que merecerían, todas, un spin-off.
No sé en cuantas profesiones se tiene esta oportunidad.

Sin embargo, la cuenta atrás continúa inexorable.
El 18 de noviembre se acaba un viaje y empieza otro.
El 18 de noviembre ESTRENAMOS.
Ese día vendrán las autoridades: las institucionales y las de cada uno. Los madres y las padres. Maestros y consejeros. Críticos teatrales, y críticos familiares.
Aparecerán en masa las expectativas y los juicios. Los listones y las comparaciones.

No invento la pólvora cuando digo que el ESTRENO es TAN necesario, como perjudicial para el hecho creativo.
Necesitamos estrenar.
Caminamos en dirección al estreno, hacia esa meta, en dirección a ese lugar.
El caso es que tratamos de hacerlo sin tenerlo demasiado en cuenta porque no nos ayuda pensar que, cada minuto que pasa, estamos más cerca de ese día.
Digamos que el ensayo es el vuelo y el estreno el aeropuerto.

Y es que cuando uno está volando, es mejor no pensar en el aterrizaje, y aprovechar que nos prestaron unas alas.

Entorno a la dicotomía ensayo-estreno sobrevive como puede el artista.
Por un lado creamos a partir de una pulsión interna, y por otro, necesitamos mostrar esa creación.
El arte es el vehículo que el ser humano posee para arrancarse un pedazo de presente, y además, la coartada perfecta para mostrar ese presente al otro a través de un, llamémosle, acto expresivo.
El acto expresivo sería la conversión de esa pulsión intangible en un conjunto de formas, colores, palabras, sonidos, etcétera… que estimulen al otro.

Digamos que sería algo así como decorar el mundo con mi presente. Hacerle un grafiti a la vida.

Todos somos artistas en potencia. Todos. Todos tenemos la pulsión de arrancar algo de nosotros y ponerlo ante los ojos del otro sin palabras. O más bien no sólo a través de las palabras. (Ya que no consiste en EXplicar, sino en EXpresar.)

La diferencia principal entre el artista que decidió intentar ganarse la vida con ello, y el que no, es que en el caso del segundo tuvo más peso el juicio del otro que la necesidad de pintarle ese grafiti al mundo. Y es una pena. ¿Cuanto se ha perdido por miedo al juicio del otro?

A lo que iba. El estreno teatral es el escaparate donde ese otro valora, siempre antes de tiempo, lo que el artista se arrancó de dentro. Y si ya en la vida, muchas veces la primera impresión es la que cuenta, en el teatro ya ni te cuento.

Así es. El estreno es, para mí, ese lugar donde toda la creatividad se traviste en eficacia. Donde se salvan los muebles.
Donde la vida es sustituida por la foto finish.
Donde mandan los nervios y pierden los sueños.
Donde se apaga la hoguera de los juegos.
Y en definitiva, donde el miedo le gana la partida al amor.

De momento, aun estamos en ese punto donde la balanza está claramente del lado de los buenos. Sabemos que el peso va a ir pasando al otro lado. Bueno… Aprovechemos para empaparnos de estas sensaciones ahora.
Elegimos esta profesión para disfrutar el vuelo.
Elegimos esta profesión a pesar de los estrenos.

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#05 Para la vida y para el teatro. Y viceversa

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PARA LA VIDA Y PARA EL TEATRO. Y VICEVERSA.

Se cumplen 3 semanas de ensayo y la obra está “montada” entre comillas. En 3 semanas de montaje asoman la gaita unos cuantos problemas, de mayor o menor índole. Desde unas bandejas que no terminan de llegar, hasta una serie de televisión que nos obliga a sustituir a una actriz.

Dijo el doctor Eduardo Galeano:

“Por largo tiempo pensaba que la vida estaba a punto de comenzar. La vida de verdad. Pero siempre había algún obstáculo en el camino, algo que resolver primero, algún asunto sin terminar, tiempo por pasar, una deuda que pagar. Sólo entonces la vida comenzaría. Hasta que me di cuenta que esos obstáculos eran mi vida.”

Si uno eligió embarcarse en un proyecto como LA COCINA no lo hizo por “hacerse rico” (sólo serán 35 funciones). Tampoco porque pensara que iba a lucirse especialmente. (está entre las obras más corales de la historia del teatro.) Uno eligió estar ahí porque se lo gritaron las tripas, o se lo chivó el corazón. Sí, puede que la cabeza también dijera: “hostia, es en el Centro Dramático Nacional… esto hay que hacerlo” o “está fulanita o fulanito en el reparto”… o “hay que estar, de estas se hace una cada 10 años”… Por desgracia las razones de la cabeza se difuminan el tercer día de ensayos, cuando la novedad ya no nos emborracha. Y “ay de ti” si en ese momento enmudecen tus tripas y tu corazón… Mi currículum tiene una buena nómina de abandonos.

Siempre los primeros días. Y siempre en proyectos donde la cabeza no me dejó escuchar al resto
del cuerpo.

En fin, a lo que iba: uno decide embarcarse en LA COCINA asumiendo lo que hay. Con sus luces y sus sombras. Y aunque me enamoren las luces, no debo dejar pasar los hallazgos que me ofrecen las sombras.

45 días de ensayos, con sus 270 horas, dan para muchos problemas, desencuentros, contratiempos y dificultades… Y uno lucha, esquiva o cierra los ojos para seguir adelante. Y tarda uno un buen rato en darse cuenta de que está agotando sus fuerzas luchando, sorteando, y pasando por alto esos problemas, desencuentros, contratiempos y dificultades, que, al fin y al cabo, hace ya un buen rato, y muy a pesar de uno, SON parte de la obra. De que impregnarán, a pesar de uno, el resultado final.

Y si uno deja de pelearse con lo que hay, si deja de sufrir y digamos, se rinde y se entrega, tendrá la suerte de disfrutar como esos obstáculos abonan el terreno de lo excepcional, de lo “no-literal”, y ayudan a construir el milagro de lo sorprendente. Y es tarea muy complicada asumir que esos obstáculos son, en realidad, oportunidades.

El personaje no será NUNCA el que leí. La luz no será nunca la que imaginé. La función es
imposible que sea la que soñé cuando decidí que tenía que hacerla. Como actor, como director, o
como lo que sea. Para bien y para mal. Para bien, su uno confía en la vida en los términos que
propugna Galeano. Para mal, si uno se obceca en no confiar en lo que pasa momento a momento. En que todos los obstáculos que van aconteciendo durante los ensayos, también SON la obra. En que esos actores, con sus mochilas llenas de luces y de sombras, SON los personajes.

Y si uno no empieza por asimilar las sombras, por bendecirlas, por integrarlas en la función, no
sólo está remando a contracorriente, no sólo no deja de sufrir, sino que está desaprovechando una gran oportunidad.

Ahora sólo toca tratar de darse cuenta de esto cada vez que sucede. Darse cuenta… buf… ¡ni más ni menos!

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#06 El verbo jugar es el sujeto

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EL VERBO JUGAR ES EL SUJETO

Esta semana superamos el ecuador de nuestros ensayos.
La obra está montada,
(siempre entre comillas)
y llega la estación en que empezamos
a profundizar en cada momento.
De la Cocina entran y salen personajes,
y florecen un sinfín de momentitos.
Momentitos cotidianos
más o menos trascendentes
que nos acercan al juego de la vida en el Londres del 53.

Y es en este momento donde se disfruta más.

Donde se pasa del esbozo al dibujo.
Y en breve sacamos la caja de las ceras.
Donde aparecen la risa
y la lágrima del personaje,
y su media-sonrisa,
y su contener-la-lágrima…

Donde empieza a sonar la partitura
y el latido rellena las palabras
Y el silencio se llena cositas
Y se conocen mis silencios y tus ruidos. Y se enamoran.
Y se desenamoran.

Donde Peter se come sus vacíos,
y Daphne se ha olvidado del amor,
y no decide Monique, que la deciden
y Mishka… se fuma sus anhelos.
Y Max… Max eructa.

Donde el verbo “jugar” es el sujeto
Y el complemento directo es indirecto
donde sudan y sangran y vomitan
las rutinas y el aburrimiento
y Mateo y Cid se las reinventan
a pesar del odio, los gritos y el racionamiento.

Y Jack y Winter alargan discusiones
Y lo escrito se nos queda pequeño,
Y si Wesker levanta la cabeza
Puede que no lleguemos al estreno…

Donde Alejo se esculpe a un irlandés,
y se desnuda Francia ante el espejo
y Romans se dibuja una comanda,
y Pepe se alemana sus acentos.

Donde se acaban de trinchar los lazos
y mi guerra y tu paz se hacen añicos.
y tu aliento me alienta (¡qué remedio!)
en la trinchera del desconocido.

Y una nube desagua un arco iris
y a Europa se le muere Monalisa
y los flojos se ahogan en las ollas
y hasta Gwen se despide de la risa.

Y Mangolis se baña en Alemania
Y enrojecen los marrones de la vida
y Anne hace recuento de los odios
Y Paul tiene un amigo, y Ramone
se escapa por las noches travestida.

Donde Grecia apura su botella
Y se vuelven desvelos los recelos,
Y, escondido, el chef se gasta los minutos
y la Mamma se viste de enfermera
y en su alcoba digiere tus secretos.

Donde la carne se pudre en las partidas
donde Dimitris se arrastra por los cielos.
y le salen llagas a las horas,
y hasta el pinche se queda sin aliento.

Y Marango le canta a sus fogones,
y se amarga el pastel del repostero,
Y Hettie besa a la nueva en la mejilla,
y Nick baila un sirtaki con el miedo.

Y Frank… Frank escucha.

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#07 Palabras, palabras, palabras

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PALABRAS, PALABRAS, PALABRAS

El estreno no es el único mal necesario que acompaña el proceso creativo. Pasado el ecuador
de los ensayos, asoman la cabeza lo que yo llamo “los palabros”: petición de entrevistas en
prensa y radio sobre la obra, un texto para el programa de mano, otro para el dosier, para la
web, etc…
¡A tres y pico semanas de estrenar!

“Los palabros” son familia de las palabras. Una especie de cuñaos de las palabras. Una de sus
características es que nacen siempre antes de tiempo. Ejemplos de “palabros” sietemesinos
los hay a raudales. Son preguntas del tipo: “¿Por qué La Cocina?”. O “¿Qué has querido contar
con la puesta en escena?”. O el paradigma de los “palabros”: “¿Qué se va a encontrar el
espectador cuando vaya a ver la obra?”… Que es como si, en pleno acto sexual tu pareja te
sujetara la cara de pronto y, mirándote fijamente a los ojos, te preguntara qué te va a parecer
el orgasmo.

Las palabras nos permiten comunicarnos de manera rápida y directa. Y son la herramienta
perfecta para explicarnos. No hay otra mejor, de hecho. Son, digamos, “la mano de obra” de
la razón.

Ahora, cuando de lo que se trata es de expresarnos, entonces la cosa cambia. Las palabras
entonces no bastan. O al menos no de la manera en que las usamos habitualmente.
La expresión es la hija lista de la emoción. Y la emoción, la que sea, cuando viene con fuerza,
es un tsunami que arrolla todo asomo de lógica e intelectualidad y, con ello, restringe el uso
de las palabras. ¡Cuántas veces nos ha pasado eso de “es que me he quedado sin palabras”!
Y la expresión, como la emoción, se vive, tiene latido. Ocurre en el cuerpo entero, no sólo en
la cabeza. Ya seas creador o consumidor de dicha expresión. Te pueden explicar quien pintó el
cuadro, y por qué lo pintó así. Pero no te pueden explicar por qué te gusta. No te pueden
explicar la expresión. No es definible porque la emoción que te provoca no tiene fronteras. La
expresión siempre viaja sin billete de vuelta. Y eso asusta mucho en un mundo en donde nos
educaron poniéndonos límites y definiéndonos nada más nacer. Y por ello, enseguida
necesitamos explicaciones a lo que nos pasa cuando nos pasa algo. ¡Y ahí están las palabras
para socorrernos! ¡Para ponerle nombre a las cosas, y hacernos creer que la situación está
bajo control! Son nuestro salvavidas, sí… aunque acotan. Crean fronteras. Definen. Concretan.
Y cuando uno está en pleno acto amoroso, son de un peligro rotundo. Digamos que, en el
viaje creativo, las palabras son las que nos compran el billete de vuelta. Las que nos
despiertan. Las que nos bajan a tierra. Para bien y para mal.
Y a tres semanas de estrenar nunca me preparo para aterrizar. A tres semanas no puedo
definir, acotar, explicar. No me da la gana. ¡Pero es que no queda otra!

Y ya para cerrar el mencheto-teorema este: como el pintor o el músico, el autor teatral (o el
poeta) tiene una pulsión, una necesidad expresiva, pero la única manera de digamos
“canalizarla”, y darle forma, y compartirla con el mundo, es a través de las palabras. El autor
no tiene colores, ni melodía… Tiene letras una detrás de otra, que inmortalizan en papel el
fabuloso caos que alimenta su pulsión creativa. Pulsión, que irremediablemente queda por
tanto convertida en texto. De manera única (¡y sublime, quizá!). Pero acotada en palabras…
Luego el director lee la obra, y si decide montarla, es porque esas palabras le han provocado
un cúmulo de emociones que le explotan por dentro. Es decir, las palabras vuelven a
transformarse en torbellino dentro del director, y nace su necesidad expresiva. Esa necesidad,
al menos en mi caso, adolece de toda razón. Y me acompaña cada día de ensayo. Y está
totalmente vacía de palabras. Es eso: una necesidad expresiva. Y cuando alguien me pregunta
por qué La Cocina mi respuesta sólo puede ser: “porque me late”.

Hoy, a tres semanas de estrenar, me proponen llenar de palabras el lienzo. Ordenar el caos.
Volver a la mente. Y qué queréis que os diga: siempre es demasiado pronto para comprar el
billete de vuelta.


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Epílogo

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Alguna vez me preguntan si soy católico.

Les contesto que no. No lo soy.

Si soy cristiano, musulmán, judío…

Y les contesto que no.

Me preguntan si CREO en algo.

Y les cuento este cuento:

Érase una vez una actriz

que decidió formar parte del reparto de una Cocina.

Iban a ser muchos días de ensayo, y pocas funciones.

Pero le merecía la pena.

Tampoco la iba a sacar de pobre, la verdad.

Pero le merecía la pena.

Tenía que viajar durante unos meses lejos de su casa.

Pero… en fin, que le apetecía mucho…

Y eso que era una obra “coral”

y ella era una camarera

con unas cuantas réplicas en total.

Pero le merecía la pena.

Tenía que dejar a sus nenes con una canguro,

durante 8 horas al día

pero pensaba: “vale la pena…”

Y pasaron los meses

y el viaje terminó.

Tardaron en cobrar las nóminas,

hubo algún contratiempo,

no estuvo con sus hijos todo lo que le hubiera gustado,

tuvo que pedir alguna ayudita para poder pagar los gastos,…

pero al final cree que valió la pena,

porque por todo lo demás

fue una de la experiencias más insólitas

que vivió.

Compartió peripecia con cerca de 60 personas

entre actores y equipo artístico y técnico

durante 3 meses,

se estrenó en el Centro Dramático Nacional,

se colgó la nariz de payaso

(con todo lo que eso significa),

bailó, cantó, jugó al pilla pilla,

volvió a oler las tablas,

a tocar al otro,

a sentirse viva encima del escenario,

se sintió parte del mundo,

una igual,

aparcó el ego un rato y fue engranaje,

lloró de alegría

y se descojonó de risa de la pena,

regaló y fue agasajada,

ayudó y fue ayudada,

se reencontró con su actriz,

con su creadora,

con su arte, con su chamana,

con su niña,

y con su luz…

se volvió a enamorar un rato

de ella y del otro, y de la vida…

la aplaudieron, la abrazaron, la admiraron, la cuidaron, la mecieron,….

Volvió a hacer pensar a la gente.

Volvió a abrir algún corazón.

Volvió a curar un ratito al mundo.

Creó de nuevo.

Creyó de nuevo.

Se dejó vaciar

para encarnar a esa camarera

tan distinta

y tan parecida a ella.

Se dejó vaciar

para hacer funcionar un reloj de 26 piezas.

Confió en el grupo.

Creyó.

Creyó

y creyó.

Alguna vez me preguntan si soy católico.

Les contesto que no. No lo soy.

Si soy cristiano, musulmán, judío…

Les contesto que no.

Me preguntan si creo en algo.

Y les digo que creo en todo.

Soy actor.

Creer es mi trabajo.

No hay nadie más creyente que alguien que vive la vida que yo elegí.

Estoy permanentemente “creyendo”.

En el autor.

En el personaje.

En mi partenaire.

En la vida.

Muchas veces nos tachan de superficiales

a los actores.

De no tener los pies en la tierra.

No somos superficiales:

sencillamente estamos siempre dispuestos a lanzarnos a la piscina

y despojarnos un rato de nosotros mismos

para CREER que somos otro.

Como cuando éramos niños.

Y además de creer,

de paso

os invitamos a creer a vosotros.

Ese es nuestro “super-poder”.

“Un hombre deja de ser hombre,

cuando se avergüenza de ser niño.”

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